Alejandro Isturiz Chiesa


Epílogo

Alejandro Isturiz Chiesa - Epílogo

Alejandro Isturiz Chiesa bebía a sorbos su vino favorito, un gran caldo de Borgoña. Estaba sentado tranquilamente en su sofá escuchando el ballet Romeo y Julieta del genio ruso Serguéi Prokofiev. El día había sido aburrido en comparación con las últimas semanas al trabajar en el asunto Pedro García. El detective privado se rememoró el fin de la investigación.

Después de la prueba de Corteza, una obra maestra de manipulación en contra de su propia jerarquía, había llegado a un final feliz, como el de la historia de David contra Goliat. Según lo acordado con John Mc Guffin y Ming Lee Fu, los dos socios de Corteza presentaron las conclusiones a la clienta Carolina Salvo. Acompañado por sus superiores jerárquicos, Alejandro Isturiz Chiesa, se había mantenido en segundo plano, en un punto medio entre modestia y empatía. Carolina Salvo había intentado impugnar la muerte de Pedro García, luego la teoría del suicidio, negando su tiranía conyugal y el malestar de su esposo. Entonces John Mc Guffin se hizo de abogado del diablo, adujó casos similares e precedentes históricos, militando a favor del derecho de cada uno a disponer de su destino, barriendo concienzudamente cada argumento y convirtiendo las preguntas en pruebas suplementarias. Ming Lee Fu había aportado su contribución al debate adoptando una actitud silenciosa, como si fuera un mimo japonés actuando en un teatro de no. Sus caras meticulosas, su gestual minimalista y su mirada triste habían añadido drama a la tragedia, sellando así para siempre jamás el ataúd de Pedro García.

La muñeca tiránica acabó por deponer las armas ante esta evidencia tan bíblica, una opción ahogada en su subconsciente negro. Carolina Salvo consiguió salir de este apuro con algunas lágrimas, pasando de combatiente orgullosa a viuda desconsolada, en un concierto de llantos e hipos. John Mc Guffin había sacado su mayor ventaja, el non plus ultra del repertorio de los histriones shakespearianos, actuando de forma paternalista sin para. Ming Lee Fu y Alejandro Isturiz Chiesa le habían dejado lucir, clausurando el último acto con una frase de antología, en un punto intermediario entre las frases " hay que avanzar sin reparar en obstáculos " y " mañana será otro día ", digna de los antiguos grandes pensadores.

Era fácil prever el desenlace. Garganta Profunda, el intermediario anónimo mandado por una fuerza secreta, se enteraría muy deprisa del fin de la investigación, se enteraría de las conclusiones detalladas y no trataría de ponerse en contacto con Alejandro Isturiz Chiesa para venderle otro escenario. El manipulador sería consciente de su infortunio y del hecho de que ha sido el burlador burlado. Renunciaría allí. Alejandro Isturiz Chiesa no esperaba complicaciones de este lado, ya que había bloqueado todas las hipótesis descabelladas y había quitado el asunto Pedro García de su esencia hitchcockeana

Sólo quedaba encargarse de Mercedes Ruiz y de su esposo, el doctor Christian Van Heuvel. Al ser primero sospechosos luego víctimas, por lo menos merecían conocer la teoría oficial, saber por qué, en adelante, estaban desagraviados de cualquier rol en este asunto enredado. Alejandro Isturiz Chiesa, como partidario de la perfección formal, había decidido ponerse en contacto con la pareja neerlandesa, a salvo de las orejas indiscretas de los curiosos malintencionados.

Alejandro Isturiz Chiesa admiró la capa púrpura de su néctar borgoñón antes de servirse otra copa. Casi había llegado el momento del reencuentro entre el lobo y la pastora, el epílogo más probable

Su teléfono inteligente, non plus ultra de la tecnología digital y espada de la comunicación furtiva, sonó. Alejandro Isturiz Chiesa paró al teléfono y activó el dispositivo de seguridad antes de conectarse a su interfaz gráfica fijada a la pared frente a él. Al ver aparecer en la pantalla la cara severa del doctor Christian Van Heuvel y el aire sospechoso de Mercedes Ruiz, no pudo dejar de pensar en el final del cuento ruso " Pedro y el lobo ", cuando los cazadores llevaron el lobo negro al jardín zoológico bajo la mirada divertida del chico heroico y los reproches del abuelo. - Buenos días señora y señor Van Heuvel, empezó Alejandro Isturiz Chiesa. Estoy encantado de volver a verles en esta circunstancia. - Buenos días señor Isturiz Chiesa, dijo el esposo. El sentimiento no es mutuo. Si no fue por Mercedes, habría rechazado la invitación

Alejandro Isturiz Chiesa sonrió en su interior al ver la mala fe del doctor Christian Van Heuvel, este maníaco del control. La verdad es que Mercedes Ruiz no tenía nada que ver con la decisión de su marido sino que era Christian Van Heuvel quien quería saber más sobre el asunto Pedro García. Mercedes Ruiz había dado la vuelta a la página desde hace muchos años, muy dolorosamente pero sin pesares. Alejandro Isturiz Chiesa lo sabía; por eso y también porque ardía en deseos de jugar con el ego desmesurado de su opositor, había formulado su mensaje en un lenguaje sibilino: " el pelele dejó su muñeca regresar sola a la caseta. " - ¡Usted resolvió el asunto Pedro García!

Al oír tal revelación, Mercedes Ruiz miró hacia su marido con gran asombro. El doctor Christian Van Heuvel hizo visajes luego repitió su facundia superior. -Acláranos por favor, señor Isturiz Chiesa, replicó el doctor Van Heuvel. - Seré muy breve. Pedro García falleció. - ¿Cómo puede ser? Usted no va a acusarnos otra vez de las peores atrocidades, contestó Mercedes Ruiz que seguía trastornada sin querer por la noticia. -No es culpa suya, ustedes no tienen nada que ver en este asunto. Pedro García acabó con su vida. Estaba cansado de su existencia de fugitivo, de pasarse todo el tiempo mirando hacia atrás, de cubrirse las espaldas y preguntarse cuándo Carolina Salvo iba a encontrarle y a atarle a la estaca de su caseta. - ¿Entonces, por qué su informador anónimo, éste quien se apodado Garganta Profunda, no dejó de señalarnos con el dedo? preguntó Mercedes Ruiz. - Garganta Profunda era un señuelo, una manipulación que pretendía alumbrar a su esposo. - No entiendo nada, señor Isturiz Chiesa. - ¡Pregúntelo a su marido! El doctor Christian Van Heuvel perdió la compostura. Mercedes Ruiz intentó interrogarle con una sola mirada pero fue en vano. - Voy a ponérselo fácil. Garganta Profunda emitió acusaciones falaces en su contra con el único fin de permitirle al doctor Christian Van Heuvel desempeñar el papel de salvador. - Esto no tiene sentido, objetó el doctor Christian Van Heuvel. - Por el contrario, todo es muy lógico, afirmó Alejandro Isturiz Chiesa. Pedro García ocupaba demasiado sitio en la historia de su esposa, por lo menos era lo que usted pensaba. Y éste fue su primer error, el de no haber creído en el amor que podía ofrecer una mujer a su marido. Usted sentía celos por el pasado común en el que Mercedes Ruiz, Carolina Salvo y Pedro García habían edificado juntos una empresa próspera a pesar de que el desenlace había sido infeliz para su Mercedes Ruiz. Como si fuera el valiente caballero protector de los expoliados y para asegurarse de quedar bien, usted tuvo que despertar recuerdos dolorosos y manchar la memoria de Pedro García y Carolina Salvo. Usted había creado a Garganta Profunda con el fin de sembrar dudas. Entonces, yo sólo era un peón en el ajedrez de su plan tormentoso. Cuanto más le echaban la culpa a usted, más le defendía su mujer. Así, usted podía poner en evidencia el hecho de que, fuera de su compañía, no hay salvación posible y que sus fantasmas seguirían atormentándola hasta el fin de su vida. - ¿Si fuera tan maquiavélico, por qué no habría elegido la vía de la sencillez y no habría eliminado a Pedro García desde el inicio, tal como lo sospechó usted? - Porque usted es perfeccionista. La muerte de Pedro García no le venía bien. Pedro García habría pasado de decepción a mártir. - Con todo, acabó por desaparecer. ¿Usted me va a acusar de su fuga? - No. Usted no había previsto su fuga. Al enterarse de su fuga, usted hizo lo posible para convertir la investigación judicial en un atolladero y hacer que los investigadores, tan privados como públicos, llegaran a un callejón sin salida. Usted pagó a intermediarios para que borraran los rastros, corrompieran a oficiales de policía, sobornaran a testigos y fabricaran indicios contradictorios. Era este hecho lo que le hizo mostrar su verdadera cara, la de un manipulador de mucho vuelo.

De nuevo, Mercedes Ruiz volteó la cabeza y lanzó una mirada recelosa hacia su marido. Alejandro Isturiz Chiesa consideró que había llegado el momento oportuno para remachar el clavo. - Lo que usted no podía prever de antemano era el suicidio de Pedro García. Un cadáver deja huellas. Según su plan, con el apoyo de sus artimañas, el fugitivo iba a desaparecer, dejándole la vía libre al esposo perfecto. Mercedes Ruiz, borrando el pasado, se convertiría para siempre en la señora Van Heuvel. - ¿Por qué se suicidó? - Porque, a diferencia de usted, Pedro García era humano. No calculaba sino que sentía emociones como el miedo a su mujer, el amor por Mercedes Ruiz y las ganas de libertad. - ¿Cómo adivinó?

- En el momento de nuestra última conversación. Le ahorro mi razonamiento que no suele basarse en una lógica cartesiana. Su interpretación del papel de marido acusado sin razón fue exagerada. Esto me pareció sospechoso. Luego, con la diligencia de un buen investigador, investigué su vida, bien ayudado por la red de Corteza. - Obviamente, parece que le subestimé, señor Isturiz Chiesa. - Ni que decir tiene. Cuando Carolina Salvo pidió que se iniciara de nuevo la investigación sobre Pedro García, usted no supo resistir a su manía por el control absoluto. Desafortunadamente para usted y afortunadamente para la verdad, usted complicó la situación con el personaje de Garganta Profunda y el pretendido complot contra su mujer y usted. No creí nunca en el uno ni en el otro. Todo esto sonaba mal, demasiado artificial. No quedaba más que descubrir por qué.

Mercedes Ruiz miró otra vez hacia su esposo, sin tratar de ocultar su aversión. Decidió tomar las riendas de la discusión. - Lo más importante es que usted ha resuelto este enigma, señor Isturiz Chiesa. Ahora, usted sabe que no estoy relacionada con esta historia. En cuanto al rol de mi marido, no hace falta ponerlo de relieve. ¿Puedo contar con usted? Por supuesto, le indemnizaré para su silencio. - No tenga miedo, señora. No revelaré los entresijos de este caso. En cuanto a su marido, no hablé de él a nadie y dudo que sea posible relacionarle con el asunto. Los celos son no son buenos pero tampoco son un delito. Esto es su problema, no el mío. En lo que se refiere a su propuesta financiera, sepa usted que mi clienta es Carolina Salvo. Aceptar su dinero sería contrario a mi ética profesional. - De acuerdo, coincido con sus valores. Le mandaré flores y una carta a Carolina Salvo. Después de estas palabras, Mercedes Ruiz interrumpió la comunicación sin pedirle su opinión al doctor Christian Van Heuvel. Alejandro Isturiz Chiesa concluyó que la pareja iba a tener una explicación turbulenta y que seguramente, el doctor Van Heuvel no iba a ganar. A modo de recompensa, el detective privado se tragó un sorbo de su caldo borgoñón favorito. «Espero que Mercedes Ruiz sepa elegir mejor sus amores. " pensó Alejandro Isturiz Chiesa. Para él, el doctor Christian Van Heuvel ya era enterrado, de todas maneras, estaba destinado a un divorcio costoso y a una depresión nerviosa. Se alegró por adelantado de su perspectiva. Mercedes Ruiz, a pesar de sus aires de burguesa cohibida, podía contar con partidarios. Desde el principio, la preciosa neerlandesa era una víctima, primero siendo el pavo de la boda en una manipulación orquestada por Carolina Salvo en el momento de sus años heroicos, luego siendo la esposa idealizada por un marido posesivo y manipulador disfrazado de empresario honorable.

"Por fin, Mercedes y Pedro van a conocer los placeres de la libertad, cada uno en su rincón. ", pensó Alejandro Isturiz Chiesa antes de vaciar su botella de Borgoña y de entregarse a las volutas alcohólicas de un placer gustativo.