Alejandro Isturiz Chiesa


Aleluya - QEPD Pedro García

Aleluya

Alejandro Isturiz Chiesa miró por la ventana. Vio transcurrir la naturaleza a más de quinientos kilómetros por hora, un espectáculo acelerado regalado gratis por la red de ferrocarriles. Su estancia en el refugio de Pedro García había sido saludable para su buen humor. Alejandro Isturiz Chiesa se sorprendió a sí mismo cuando sonrió al pensar en los campesinos encontrados la víspera, en las ancianas vistas en la plaza de mercado y en las escenas rurales expuestas al sol andaluz.

De ahora en adelante, se había vuelto a ser Alejandro Isturiz Chiesa, el detective privado de una gran empresa internacional. Su papel, por lo menos en su misión pendiente, consistía en encontrar el perro perdido de una pequeña muñeca adinerada. En realidad, el perrito había dejado la caseta, escalado el muro y corrido por toda la ciudad con la esperanza instintiva de recuperar su libertad. A pesar de largas batidas y de llamamientos a testigos, su ama no volvió a verlo nunca. No se había resignado con dejar huir su animal de compañía, roer su collar y volver al estado salvaje.

Fue a Alejandro Isturiz Chiesa a quien le correspondió el honor de buscar el chucho fugitivo, un hombre honrado y moldeado según valores morales olvidados. La reina de las muñecas había chasqueado los dedos, alzado la voz y convocado a sus ministros para obtener el mejor de los detectives privados. Detrás del espejo, Alejandro Isturiz Chiesa había descubierto secretos poco brillantes. Fiel a sus principios y a su integridad, Alejandro Isturiz Chiesa había puesto los medios para evitar las filtraciones, para proteger la reputación de la ama del perrito a pesar de los murmuradores y las cotillas de servicio. Sin embargo, sacando los muertos del armario Alejandro Isturiz Chiesa había calado a Carolina Salvo, quien se parecía más a una bruja que a una muñeca.

Al pensar en estos recuerdos, Alejandro Isturiz Chiesa esbozó una mueca. Carolina Salvo sólo le infundía desprecio y aversión a pesar de su facundia de burguesa cultivada, de empresaria y de mujer de influencia. No obstante, era sobre todo el desarrollo de su investigación lo que más le indisponía. Ver a su propio empleador manipularle, vigilarle a sus espaldas e influir en sus decisiones, no conseguía digerirlo. No le gustaba saberse en medio de conflictos de interés entre potencias ocultas, empezando por el misterioso doctor Christian Van Heuvel y el comanditario del anónimo Garganta Profunda, arriesgando sus colaboradores próximos. Ni siquiera lograba reírse de las desgracias pasadas del patético Javier Barroso alias Jonny Lexington, o de la clase bañada en falso de la ambiciosa Mercedes Ruiz esposa Van Heuvel.

Ahora, Alejandro Isturiz Chiesa había que resolver un dilema. Por un lado, una asamblea de personajes poco recomendables le presionaba a clarificar la situación de Pedro García, a revelar un asunto, antiguo de varios años, solucionado de manera magistral por él y su equipo. Por el otro, sus valores de honestidad y de caridad cristiana rechazaban esta opción, invocaban la salvaguardia de las especies amenazadas, de los perritos liberados y de los sufrelotodos de los poderosos. En medio de estos dos extremos, le costaba mucho a su conciencia profesional sobrevivir, aunque era la punta de lanza de su reputación quedada hasta ahí inmaculada.

Alejandro Isturiz Chiesa activó el plan de urgencia. Utilizó su teléfono inteligente, una especie de navaja suiza tecnológica, para convocar una reunión oficial con sus fieles colaboradores, los famosos Carmen Cruz y Marco Vila. - ¿Marco, puede usted asegurar nuestra conversación? - Como de costumbre, jefe. - Hoy, no estoy de humor para bromear. Arréglaselas para contactar con Melania. Nadie, repito, nadie debe oír nuestra conversación. Utilice la caché de última extremidad. - ¡Me estoy poniendo preocupado, contestó Marco Vila! - Usted lo entenderá todo, Marco.

El tren va disminuyendo la velocidad al acercarse a la estación de Villagarcía. Alejandro Isturiz Chiesa se levantó luego se dirigió hacia la salida. Una vez en el andén, se dirigió hacia la parada de taxis. Mientras estaba esperando, comprobó de nuevo su dispositivo de interferencia regulado como máximo. Por fin, un coche pasó por ahí y lo llevó a una pensión en medio del campo. Alejandro Isturiz Chiesa pagó al taxista luego entró en el establecimiento donde había reservado una habitación bajo una falsa identidad que solo él conocía.

Sentado cómodamente en una vieja butaca de cuero, esperaba la señal de conexión para empezar la reunión con Carmen Cruz y Marco Vila. Sonó su teléfono. - ¿Soy Marco, usted me oye Houston? - Soy Melania, le oigo fuerte y claro, Marco. ¿El capitán Kirk está conectado? - Soy el capitán, aquí estoy. Dejamos de jugar a Star Trek y retomamos el protocolo de seguridad máxima. ¿Marco, todo está arreglado del lado localización? - Sí. Estoy en uno de esos antros horribles dirigidos por chinos, la flor y nata para mis amigos piratas digitales. De antemano me alegro de pasar la noche rodeado de fumadores de opio, de prostitutas vietnamitas y de bandidos cantoneses. - Le compadezco. ¿Melania, todo está bien para usted? - Sí. Tengo más suerte que Marco. Si esto se puede llamar lujo, este antiguo convento convertido en una clínica de reposo. Espero que no vayan a tenerme. - Mientras usted no tira los tejos a una camarera, todo estará bien. - Con la media de edad aquí, no hay ningún riesgo. - ¡Empecemos! Alejandro Isturiz Chiesa contó, sin dar precisión sobre los lugares visitados, su periplo andaluz y su encuentro con Pedro García. Durante su relato, ni Carmen Cruz ni Marco Vila se atrevieron a interrumpirle. - Eso es todo, ahora ustedes conocen el meollo del asunto Pedro García. - Eso es lo que sospechaba, dijo Marco Vila. - Yo también, añadió Carmen Cruz. - Ustedes son pues más perspicaces que yo, reconoció Alejandro Isturiz Chiesa. - ¿Ahora, qué va a hacer usted? Va a concluir la investigación, preguntó Carmen Cruz. Carolina Salvo y los peces gordos de Corteza se van a quedar pasmados. - Yo diría más, empezó Marco Vila, les va a costar creer en este escenario. Para ellos, Mercedes Ruiz, ayudada por su marido Christian van Heuvel, hizo asesinar a Pedro García, por un asunto de venganza personal. - Tal vez sería una buena cosa, observó Alejandro Isturiz Chiesa

En su fuero interior, el detective privado ya había elegido. Sólo le quedaba ganar el apoyo indefectible de sus colaboradores. Así, para que llegasen a la misma conclusión que él, Alejandro Isturiz Chiesa contaba con sus valores personales, muy semejantes a sus valores.

- Usted quiere que le demos la bendición, ironizó Carmen Cruz. Un pajarito me dijo que a usted le gusta mucho Pedro García. Desde el principio, usted consideró a Pedro Thomas como un pobre perrito martirizado por un tirano vestido con una falda. Le conozco bien, Alejandro Isturiz Chiesa, a pesar de su aire de profesional endurecido, de Elliott Ness al estilo español. Usted es de ésos a quienes les gustan los finales felices en los que el perro encuentra su libertad con sus amigos animales, alejado de la locura de los hombres y del caos urbano.

- ¡Vaya discurso! lanzó Marco Vila. Mejor no podría decirse. - ¿Le perdono su insolencia, Melania, porque usted tiene toda la razón, confesó Alejandro Isturiz Chiesa. Esto quiere decir que a usted también le gustaría ver a Pedro García vivir libre, alejado de su dragón conyugal y de los manipuladores que van disfrazados de Corteza, Garganta Profunda y de la familia Van Heuvel? - Lo quiero, para lo bueno y para lo malo. - ¿Qué le parece a usted Marco? - Yo también lo quiero. - Así sea. Declaro a Pedro García librado de nuestra investigación. Podrá casarse con su maestra de escuela, poner a montones de mocosos y criar gallinas en su granja andaluz. - ¡Aleluya! lanzó Marco Vila. - Amen, concluyó Carmen Cruz.

QEPD Pedro García

Los días siguientes fueron dedicados a la aplicación de su decisión colectiva. Alejandro Isturiz Chiesa encargó a sus adjuntos que fabricaran buenas pruebas irrefutables para sostener su escenario. En cuanto a él, iba a tantear el terreno ante los principales protagonistas de su investigación, empezando por sus dirigentes, los más en condiciones de calarlo.

El detective privado utilizó la vía oficial, la de John Mc Guffin, para hacer correr su primera salva de señuelos en el seno de la honorable compañía Corteza. Pidió una reunión en torno al tema que había sido tan esperado: la resolución del asunto Pedro García. Así como lo imaginaba Alejandro Isturiz Chiesa, fue convocado en los departamentos europeos de la agencia, en medio del centro de Londres, para una conferencia con los dos socios John Mc Guffin y Ming Lee Fu. Alejandro Isturiz Chiesa pretextó comprobaciones de última hora para ganar tiempo y pulir su argumentación.

El lunes por la mañana, Alejandro Isturiz Chiesa llegó al lugar de encuentro, cumplió las formalidades de seguridad interna luego se dirigió hacia la sala de reuniones, signo de la importancia de su investigación. John Mc Guffin lo recibió calurosamente, una actitud muy rara de su parte. En cuanto a Ming Lee Fu, como de costumbre, se quedó en su registro misterioso, ahorrando sus palabras y limitando su gestualidad al mínimo necesario. Alejandro Isturiz Chiesa mantuvo una facundia respetuosa, dejando a los funcionarios oficiales su papel de líder.

- Alejandro Isturiz Chiesa, le agradecemos el tiempo que nos está dedicando sobre todo cuando sabemos que usted tiene una agenda sobrecargada, empezó John Mc Guffin. Así como usted lo sabe, esta investigación nos interesa profundamente.

- Soy yo el que tiene que agradecerles, señores. Temía por la seguridad de mis equipos. Ustedes cumplieron el compromiso que tenían conmigo y se encargaron de que un equipo de Corteza cubriera nuestras espaldas. Así, hemos podido trabajar con toda serenidad, sin sufrir efectos colaterales.

Alejandro Isturiz Chiesa empezó por inventariar las fuerzas en pugna, desde Garganta Profunda y sus amos invisibles hasta la familia Van Heuvel pasando por su clienta Carolina Salvo. Insistió en los detalles, con el fin de dar más crédito a lo que iba a revelar. Le resultó muy difícil a John Mc Guffin contener su impaciencia. Ming Lee Fu siguió comportándose como una esfinge silenciosa, observando el lenguaje corporal de Alejandro Isturiz Chiesa. Cuando consideró que sus interlocutores estaban listos para tragarse sapos, Alejandro Isturiz Chiesa cambió de registro y llegó al meollo del asunto.

- Nuestra certeza en cuanto al tema es absoluta: Pedro García murió y fue enterrado. John Mc Guffin dejó escapar un sonido de asombro. Ming Lee Fu abrió los ojos como platos, como si quisiera sondear la declaración de Alejandro Isturiz Chiesa. - A pesar de que era una de las opciones posibles, esta información parece asombrarles, observó el detective privado. - Claro, admitió John Mc Guffin, pero la verdad es que no me lo puedo creer.

- Cuéntenos las circunstancias de su muerte, pidió Ming Lee Fu. - Es muy simple: Pedro García huyó de Barcelona, lejos de su mujer, en un arrebato. Intentó romper con su pasado y rehacer su vida en otro lugar. Su recorrido fue caótico, desde Los Alpes franceses hasta Italia del Norte pasando por Suiza. Privado de sus recursos financieros, afectado por años de tiranía, aterrorizado por la idea de que vuelva a caer en las garras de Carolina Salvo, se volvió paranoico y depresivo. La publicidad consagrada a su desaparición añadió un toque de drama a una situación ya difícil. Para él, la situación era sin salida y no podía con su alma. Por eso, escogió la vía del suicidio.

A su vez, Ming Lee Fu pareció perturbado. - ¿Tiene pruebas tangibles de lo que cuenta, algo concreto? - ¡Sí! Hicimos converger los indicios luego recogimos las pruebas materiales tanto como informativas. Después de miles de comprobaciones, llegamos a esta conclusión dramática pero realista. - ¿Qué hay del cuerpo? En este tipo de muerte violenta, por lo menos queda un cadáver, precisó Ming Lee Fu.

- Encontramos el cuerpo, por lo menos sus restos. Pedro García se ahorcó en una casucha casi abandonada, en la región de Perpiñán. Dejó una carta de despedida cuyos fragmentos hemos rescatado. - Seguro que la policía francesa realizó una investigación, replicó John Mc Guffin. - ¡Exacto! Tenemos una copia. Pedro García que se había vuelto paranoico borró su identidad. Las autoridades locales lo registraron bajo un nombre genérico como suelen hacerlo con las víctimas anónimas.

- ¿Cómo estar seguro de que sea Pedro García el suicida? - Hemos procedido al análisis ADN de sus huesos. Les ahorro los detalles sobre cómo obtuvimos las autorizaciones administrativas para exhumar su cadáver. Tuve que untar a unas cuantas personas, afortunadamente el soborno es una práctica muy extendida en Francia, jugar con la ley y cubrirme las espaldas para no ser atrapado por la patrulla. - ¿Qué patrulla? Usted estaba en su derecho, insistió Ming Lee Fu.

Alejandro Isturiz Chiesa sonrió en su interior. La observación del socio chino confirmó su intuición: los suboficiales de Corteza no entendían nada del funcionamiento real de una investigación policiaca en Europa, sobre todo teniendo en cuenta que esta investigación ha sido muy muy mediatizado por los medios de comunicación.

- Interpol, la policía española, Carolina Salvo, contestó el detective privado. Todas estas partes fracasaron en la primera investigación. No verían con buenos ojos semejante noticia. - Carolina Salvo paga para esto, observó John Mc Guffin. - Paga para encontrar a Pedro García y llevarlo de nuevo a casa. Para ella, su marido sigue estando vivo. - Controlamos Interpol y la policía francesa, objetó Ming Lee Fu.

- Usted está hablando de los jefes. A mí me preocupa la reacción de la policía de terreno. Estos chavales, por muy fuertes que sean, fracasaron en su primera investigación. No les gustaría que un detective privado, un antiguo de la policía científica, tenga éxito allí dónde ellos mismos fracasaron lamentablemente. Se enteraron de que Carolina Salvo abrió una nueva investigación con el apoyo de Corteza, de que soy yo quien dirijo la investigación y de que avanzo a zancadas.

- No entiendo a qué les vendría bien ponerle trabas a usted, lanzó John Mc Guffin. - Ocultar su incompetencia, contestó Ming Lee Fu contrariado y orgulloso al mismo tiempo.

Alejandro Isturiz Chiesa divisó el final del túnel. Ming Lee Fu a su vez estaba cayendo en la trampa, se apropiaba una parte de su razonamiento, llegaba a conclusiones similares, alimentaba el escenario elaborado minuciosamente por el detective privado y entregado llave en mano a los generales sentados y repletos de certezas. John Mc Guffin iba a hacer lo mismo que su homólogo chino, porque Ming Lee Fu representaba el ojo de Pekín en una vigilancia interna con tendencia piramidal. El resto de la reunión fue dedicado a los detalles. John Mc Guffin retomó su papel de guardián del templo Corteza. Le dio una serie de instrucciones a Alejandro Isturiz Chiesa para que se verificaran las pruebas supuestamente irrefutables de su descubrimiento macabro. Luego, explicó la estrategia de comunicación con respeto a Carolina Salvo, una clienta adinerada que tiene mal genio. Alejandro Isturiz Chiesa aceptó la totalidad de las obligaciones impuestas por su socio británico. No le quedaba más por hacer sino poner la guinda sobre el pastel, mediante una última picardía digna de Nicolás Maquiavelo.

- Tengo una petición que someterles, empezó Alejandro Isturiz Chiesa. - Le escuchamos, concedió John Mc Guffin. - Desearía que presentáramos juntos mis conclusiones a Carolina Salvo, una vez el expediente validado por las verificaciones internas a Corteza. Con dos socios de su calibre, Carolina Salvo aceptará aún mejor la tesis del suicidio, en vez de creer en lo imposible o de incriminar a los esposos Van Heuvel por la muerte de su marido. - Todo esto tiene sentido, en efecto, admitió John Mc Guffin. - Sobre todo, podríamos pasar a otra cosa, contestó Ming Lee Fu. Esta investigación ya consumió demasiados recursos de Corteza. Pienso que en las altas esferas, todo el mundo se pondrá de acuerdo para concluir el expediente Pedro García y para transmitir el mensaje a la clienta si es necesario hacerlo. En cuanto a las fuerzas policiales, también nos encargaremos de ellos, no tiene que preocuparse usted al respecto. - Excelente trabajo, señor Isturiz Chiesa, concluyó John Mc Guffin. - ¡Muchas gracias señor! Esto no habría sido posible sin el apoyo constante de nuestra compañía y de mis superiores jerárquicos. Hemos llegado todos juntos a este resultado, cada uno con sus armas.